215 años de libertad, una nación de pie entre los escombros

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Venezuela celebra su independencia con el corazón partido y la espalda erguida.

A once días de los terremotos gemelos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el centro-norte del país y dejaron más de 2.595 muertos, el puebo venezolano conmemora este 5 de julio el Acta de la 

CARACAS  —  Hoy, 5 de julio, Venezuela debería amanecer envuelta en el amarillo, azul y rojo de sus banderas, en el bullicio de los actos cívicos y en el eco de los discursos que cada año recuerdan el momento en que el Congreso General reunido en Caracas firmó, en 1811, el Acta que rompió las cadenas con la Corona española. Pero este año el país amanece distinto. Amanece entre carpas de campaña, entre familias que aún duermen a la intemperie por miedo a las réplicas, entre cuadrillas de rescate que todavía remueven concreto en La Guaira y Caracas buscando a los que faltan.

El 24 de junio, mientras Venezuela conmemoraba la batalla de Carabobo y las fiestas de San Juan, la tierra se partió dos veces en apenas 39 segundos. Un sismo de magnitud 7,2 con epicentro cerca de San Felipe, estado Yaracuy, fue seguido casi de inmediato por otro de magnitud 7,5 al sureste de Yumare. El doblete sísmico —uno de los más severos registrados en la historia moderna del país— derribó viviendas, colapsó sectores enteros de la capital como San Bernardino y Baruta, y dejó al Aeropuerto Internacional de Maiquetía con techos desplomados y operaciones suspendidas.

“Les pido que actuemos con unidad nacional y serenidad, sabiendo que juntos superaremos esta tragedia”, dijo la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, la noche misma del terremoto.

Once días después, el balance oficial supera los 2.595 fallecidos y más de 11.000 heridos. La ONU ha estimado pérdidas cercanas a los 6.700 millones de dólares. Equipos de rescate de más de treinta países —entre ellos Francia, Colombia y Estados Unidos, este último con el buque USS Fort Lauderdale y una partida de 150 millones de dólares en ayuda— trabajan junto a los propios venezolanos, que en las horas posteriores al desastre no esperaron instrucciones: cavaron con las manos, organizaron brigadas vecinales y abrieron sus casas en pie a quienes lo habían perdido todo.

Un pueblo que se reconoce en sus propias ruinas

Hay algo profundamente venezolano en la forma en que este país ha respondido al desastre, y no es casualidad que ese instinto colectivo emerja justo en la semana de su independencia. La misma tierra que en 1811 vio a un puñado de criollos declarar, contra todo pronóstico, que un pueblo podía gobernarse a sí mismo, es hoy la que ve a sus habitantes turnarse para remover escombros sin más herramienta que la solidaridad. Cocinas comunitarias como las que ha instalado World Central Kitchen conviven con fogones improvisados por vecinos que decidieron no esperar. Los mismos barrios que perdieron sus techos han levantado banderas junto a las carpas de emergencia.

Los especialistas advierten que las réplicas seguirán produciéndose durante semanas, y que la reconstrucción tomará años, no meses. La región donde ocurrió el sismo se ubica sobre el sistema de fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar, en la zona de fricción entre las placas del Caribe y Sudamericana, una de las más activas del continente. Apenas en septiembre de 2025, un doblete sísmico previo de magnitud 6,2 y 6,3 ya había dejado heridas abiertas en Zulia y Lara. La geografía, como la historia, parece empeñada en poner a prueba una y otra vez la resistencia de este país.

Jofram Gallipoli, su esposa y su hijo de cuatro años sobrevivieron atrapados en un pequeño espacio de aire —el llamado “triángulo de la vida”— sin saber, durante horas, qué ocurría afuera.

La independencia como acto de fe

Este 5 de julio no habrá, probablemente, los desfiles ni las plazas llenas de otros años. Muchos actos oficiales se han visto reducidos o reformulados por el luto nacional decretado tras la tragedia. Pero en las conversaciones de quienes aún duermen bajo carpas, en los mensajes que circulan entre familiares dispersos por la emergencia, y en la insistencia con la que la ayuda internacional sigue llegando a los puertos y aeropuertos habilitados, se respira una idea que no necesita discurso: la independencia, este año, no se celebra con fuegos artificiales sino con la simple obstinación de seguir de pie.

Doscientos quince años después de que un grupo de hombres se atreviera a imaginar una nación libre en medio de la incertidumbre, Venezuela vuelve a estar, literalmente, entre los escombros de su propia geografía. Y vuelve, también, a hacer lo que ha hecho siempre frente a la adversidad: sostenerse en el otro, contar a sus muertos sin dejar de nombrar a sus vivos, y prometerse —entre el polvo, el duelo y la solidaridad recibida de medio mundo— que la reconstrucción, como la independencia misma, será obra de quienes decidieron no rendirse.

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