La elección de Luis Abinader como presidente del PRM para el período 2026-2030 consolida su liderazgo, pero también coloca al partido ante una prueba histórica: demostrar que la ruptura con el PRD fue mucho más que un cambio de siglas.
SANTO DOMINGO, R.D. — 9 de agosto de 2026.— La elección de Luis Abinader como presidente del Partido Revolucionario Moderno (PRM) abre una nueva etapa para una organización que nació precisamente de una profunda ruptura con el Partido Revolucionario Dominicano (PRD).
Más allá del resultado de la asamblea partidaria, el acontecimiento tiene una lectura política de mayor alcance: el PRM enfrenta ahora el desafío de demostrar que logró superar las prácticas que durante décadas marcaron al viejo perredeísmo.
El PRD dejó como herencia una tradición política de gran capacidad electoral, pero también una historia marcada por divisiones internas, confrontaciones entre liderazgos, personalismos y dificultades para procesar las aspiraciones de sus distintas corrientes.
El PRM surgió como una respuesta a esa crisis.
La gran pregunta es si consiguió romper realmente con esa cultura política o si simplemente logró administrarla de una manera más eficiente.
El factor Abinader
La elección de Abinader mediante consenso representa una señal de fortaleza interna y confirma el peso que mantiene dentro de la organización.
Pero, al mismo tiempo, plantea uno de los mayores desafíos que tendrá el partido en los próximos años: construir una estructura capaz de funcionar más allá del liderazgo del actual presidente de la República.
El período 2026-2030 será particularmente importante porque Abinader no podrá optar por una nueva reelección presidencial consecutiva.
Por primera vez, el PRM tendrá que demostrar que puede organizar una sucesión política sin que las aspiraciones individuales terminen convirtiéndose en una amenaza para la unidad partidaria.
Y ahí aparece nuevamente la sombra del PRD.
El verdadero desafío
El PRM ha conseguido lo que durante años parecía difícil: ganar la Presidencia de la República, retener el poder y construir una estructura política con presencia nacional.
Pero ganar elecciones no necesariamente significa haber construido una institución política sólida.
La verdadera fortaleza de un partido se demuestra cuando puede procesar sus diferencias sin fracturarse, renovar sus liderazgos sin guerras internas y garantizar que las reglas funcionen independientemente de quién ocupe el poder.
El consenso puede ser una herramienta para preservar la unidad, pero también puede convertirse en un problema si sustituye permanentemente el debate y la competencia democrática interna.
La prueba de 2028
El gran examen del PRM comenzará cuando las diferentes corrientes empiecen a definir quién debe encabezar el proyecto presidencial para 2028.
Será entonces cuando el partido tendrá que demostrar si aprendió las lecciones de su organización de origen.
La historia del PRD enseña que las divisiones internas pueden ser más peligrosas para un partido que cualquier adversario externo.
El PRM tiene hoy una ventaja que el viejo PRD perdió: control institucional, experiencia de gobierno y un liderazgo con capacidad de arbitraje.
Pero esa ventaja podría convertirse en una debilidad si la organización depende demasiado de una sola figura para mantener el equilibrio interno.
De partido de líderes a partido de instituciones
El desafío histórico del PRM no consiste simplemente en superar electoralmente al PRD.
Consiste en demostrar que aprendió de sus errores.
Un partido moderno debe ser capaz de sobrevivir a sus líderes, procesar las ambiciones individuales mediante reglas claras y producir nuevas generaciones de dirigentes sin convertir cada sucesión en una batalla interna.
La elección de Luis Abinader marca el inicio de esa nueva etapa.
Pero también deja planteada una pregunta que el PRM tendrá que responder en los próximos cuatro años:
¿Logró romper definitivamente con el viejo ADN del PRD o simplemente aprendió a administrar mejor sus contradicciones?


