SANTO DOMINGO, R.D. — Redacción MCN La advertencia de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) sobre la inseguridad, la presencia de pandillas y el avance de las adicciones en los centros educativos coloca nuevamente la educación dominicana frente a una realidad que ya no puede ser ignorada.
Pero el problema es mucho más profundo que las amenazas que llegan desde el entorno social.
El sistema educativo dominicano enfrenta también el desgaste de una estructura que, en demasiadas ocasiones, parece atrapada en discusiones repetitivas entre autoridades y sectores docentes, mientras las grandes transformaciones que necesita la escuela dominicana continúan pendientes.
La seguridad de estudiantes y profesores es fundamental. También lo es enfrentar las drogas, la violencia y cualquier forma de organización criminal que pretenda convertir los centros educativos en espacios para reclutar adolescentes. Sin embargo, responder únicamente a estas amenazas sería atacar los síntomas sin enfrentar las causas estructurales.
Durante años, buena parte del debate educativo ha quedado reducido a confrontaciones laborales, reivindicaciones salariales, cumplimiento de acuerdos y disputas entre el Ministerio de Educación y el gremio magisterial. Mientras tanto, la discusión sobre qué tipo de ciudadano está formando la escuela dominicana y qué competencias necesitarán los estudiantes para enfrentar el futuro suele quedar relegada.
El problema no es que los profesores reclamen sus derechos. Tampoco que las autoridades defiendan sus políticas. El problema aparece cuando la pugna entre ambos termina convirtiéndose en el centro del sistema y desplaza al verdadero protagonista: el estudiante.
A esto se suma una preocupación todavía más delicada: la enorme cantidad de recursos que moviliza el sistema educativo dominicano exige una vigilancia permanente sobre su administración, contratación y ejecución.
Un presupuesto multimillonario para educación debe traducirse en mejores aulas, formación docente de calidad, tecnología útil, alimentación escolar eficiente, infraestructura segura, acompañamiento psicológico, programas contra las adicciones y, sobre todo, mejores aprendizajes.
Cuando los recursos destinados a transformar la educación terminan atrapados en burocracia, intereses particulares, estructuras clientelares o contrataciones cuestionables, el daño trasciende lo financiero: se le está robando tiempo y oportunidades a una generación completa.
La educación no puede seguir funcionando como un escenario donde cada sector defiende su parcela mientras el sistema pierde capacidad para innovar.
La amenaza de las pandillas y las adicciones no se combate solamente colocando vigilancia en las escuelas. Se necesita orientación psicológica, educación emocional, actividades deportivas y culturales, programas de prevención, participación de las familias y comunidades capaces de detectar a tiempo los factores de riesgo.
De igual manera, la inseguridad no puede convertirse en una excusa para militarizar la escuela. El centro educativo debe ser, ante todo, un espacio de protección, conocimiento, convivencia y oportunidades.
La República Dominicana ha invertido importantes recursos en educación durante los últimos años, pero todavía enfrenta el desafío de convertir inversión en resultados sostenibles.
Ese es el verdadero debate que debería ocupar a autoridades, maestros, padres, estudiantes y sociedad civil.
Porque mientras unos discuten quién tiene la razón en la próxima confrontación laboral, el mundo está cambiando a una velocidad que no espera a nadie.
La inteligencia artificial está transformando los empleos, la tecnología redefine las profesiones, las habilidades digitales se convierten en requisito básico y la educación socioemocional adquiere cada vez mayor importancia.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente cómo proteger las escuelas de las pandillas y las adicciones.
La pregunta más incómoda es otra:
¿está el sistema educativo dominicano preparando a sus estudiantes para el país que tendrán que vivir dentro de diez, veinte o treinta años?
Si la respuesta continúa siendo incierta, el problema no será solamente la inseguridad que entra a las escuelas.
Será también un sistema que, mientras discute y administra sus conflictos internos, permanece anclado en el pasado.
La educación dominicana necesita menos disputas estériles y más resultados; menos defensa de intereses sectoriales y más defensa del estudiante; menos burocracia y mayor transparencia; menos improvisación y una verdadera política educativa de Estado.
Porque una nación puede sobrevivir a muchas crisis.
Lo que difícilmente puede permitirse es perder a toda una generación por no haber sido capaz de transformar a tiempo su sistema educativo.


