Del Grito de Capotillo a la salida definitiva de las tropas españolas en 1865, una generación de patriotas —militares, campesinos, hacendados, intelectuales y hombres de pueblo— luchó para recuperar la soberanía perdida con la Anexión de 1861.
SANTO DOMINGO, REPÚBLICA DOMINICANA. – El 18 de marzo de 1861, el entonces presidente Pedro Santana entregó la soberanía dominicana a la Corona española, apenas 17 años después de proclamada la Independencia Nacional.
La Anexión provocó crisis económica, pérdida de libertades y un profundo malestar social, hasta que el descontento desembocó en una nueva insurrección armada.
El 16 de agosto de 1863, un grupo de patriotas cruzó la frontera desde Juana Méndez, Haití, y llegó hasta el Cerro de Capotillo, en la actual provincia de Dajabón, donde volvió a ondear la bandera dominicana.
Aquel acto marcó el inicio de la Guerra de la Restauración, una de las gestas militares y políticas más importantes de la historia dominicana.
Durante dos años, dominicanos de diferentes regiones y condiciones sociales enfrentaron al ejército español hasta lograr que España decretara el abandono de la isla en 1865.
Detrás de aquella victoria hubo figuras que asumieron el liderazgo militar, político e intelectual de la causa restauradora.
El hombre que encendió la mecha
Santiago Rodríguez Masagó (1810–1879)
Iniciador del movimiento restaurador
Nacido hacia 1810 en Fort-Liberté, Santiago Rodríguez se estableció desde joven en la zona fronteriza de Dajabón, donde se dedicó a la actividad agrícola y ocupó funciones públicas.
Su posición en la frontera fue determinante para organizar el levantamiento que desembocaría en el Grito de Capotillo.
Junto a otros patriotas, encabezó la entrada al territorio dominicano y el izado de la bandera nacional el 16 de agosto de 1863, convirtiéndose en uno de los principales iniciadores de la Restauración.
Participó en los primeros enfrentamientos de la guerra, entre ellos el de Guayubín, y posteriormente se consolidó como uno de los principales líderes militares de la región fronteriza.
Murió en 1879, sin alcanzar a ver el largo proceso político que siguió a la Restauración.
La primera espada de la Restauración
Gregorio Luperón (1839–1897)
“La Primera Espada de la Restauración”
Nacido el 8 de septiembre de 1839 en Puerto Plata, Gregorio Luperón se convirtió en una de las figuras militares y políticas más importantes de la Guerra de la Restauración.
Con apenas 24 años asumió responsabilidades militares y, en septiembre de 1863, tuvo una participación decisiva en el sitio de Santiago, una acción fundamental para consolidar el movimiento restaurador.
Tras la instalación del Gobierno Provisorio de la Restauración, Luperón fue considerado para asumir su dirección, pero declinó la posición y cedió el paso a José Antonio Salcedo.
Durante la guerra participó en importantes acciones militares y alcanzó los más altos rangos del Ejército Libertador.
Su trayectoria no terminó con la Restauración. Posteriormente se convirtió en uno de los principales dirigentes del Partido Azul, ocupó la Presidencia de la República entre 1879 y 1880 y defendió el ideal antillanista y la independencia de Cuba y Puerto Rico.
Murió en Puerto Plata el 20 de mayo de 1897.
“Los hombres como yo no deben morir acostados.”
El estratega de la frontera
Benito Monción Durán (1826–1898)
Jefe militar del movimiento restaurador
Nacido el 29 de marzo de 1826 en La Vega, Benito Monción se trasladó desde niño a la región fronteriza de Dajabón.
Al comenzar la Guerra de la Restauración se incorporó al movimiento y participó en los primeros combates contra las tropas españolas, destacándose especialmente en Guayubín.
Su capacidad militar y conocimiento de la zona fronteriza lo convirtieron en uno de los principales jefes del Ejército Restaurador.
Después de la guerra mantuvo una activa participación en la política nacional y, en 1879, asumió la Presidencia provisional de la República.
El campesino que llegó a la Presidencia
Gaspar Polanco (1817–1867)
Presidente de la República restaurada
Gaspar Polanco nació en Corral Viejo, cerca de Guayubín, y provenía de un origen humilde. No tuvo educación formal y no sabía leer ni escribir.
Sin embargo, su falta de instrucción académica no impidió que se convirtiera en uno de los militares más destacados y temidos de la Restauración.
Su valentía en el combate lo hizo sobresalir en importantes enfrentamientos, entre ellos Jacuba, Sabana Larga y Talanquera.
En 1864 asumió la presidencia del Gobierno Restaurador, en medio de las profundas divisiones internas que atravesaban el movimiento patriota.
Su trayectoria representa una de las características más singulares de la Restauración: un hombre surgido del campo y sin educación formal llegó a ocupar la máxima dirección política del movimiento que defendía la soberanía nacional.
El dilema del poder y la dignidad
Pedro Antonio Pimentel (1830–1874)
Jefe de Estado restaurador
Pedro Antonio Pimentel fue una de las figuras políticas y militares más influyentes de la Restauración y ocupó la jefatura del Gobierno Restaurador en diferentes momentos del conflicto.
Su trayectoria estuvo marcada por posiciones firmes en defensa de la soberanía nacional y por los enfrentamientos políticos que caracterizaron los últimos meses de la guerra.
Uno de los episodios más controversiales de su gestión estuvo relacionado con las medidas adoptadas contra sectores rivales dentro del propio movimiento restaurador.
En agosto de 1865, ante la crisis política que se desarrollaba en Santo Domingo, Pimentel optó por renunciar, dejando nuevamente en evidencia las profundas divisiones existentes entre los líderes que habían combatido contra España.
El primer presidente restaurador
José Antonio Salcedo (1810–1864)
“Pepillo”, primer presidente del Gobierno Restaurador
Conocido como “Pepillo”, José Antonio Salcedo fue elegido presidente del Gobierno Provisorio de la Restauración tras su instalación en Santiago el 14 de septiembre de 1863.
Su elección se produjo luego de que Gregorio Luperón declinara encabezar el Gobierno.
Salcedo tuvo que gobernar en medio de una guerra abierta, con múltiples frentes militares y fuertes diferencias entre los principales dirigentes restauradores.
Fue depuesto en 1864, en uno de los episodios que evidenciaron las tensiones internas que acompañaron al movimiento hasta el final del conflicto.
Las plumas que también hicieron la guerra
La Restauración no se libró únicamente con machetes y fusiles.
También fue una lucha de ideas, en la que intelectuales y políticos defendieron la construcción de una República soberana e institucional.
Ulises Francisco Espaillat (1823–1878) fue médico, comerciante, intelectual y político. Defendió una concepción de nación sustentada en la educación, la institucionalidad y el fortalecimiento de las libertades públicas.
Su pensamiento lo convirtió en una de las principales figuras del liberalismo dominicano del siglo XIX. Años después de la Restauración ocupó la Presidencia de la República.
Pedro Francisco Bonó (1828–1906) fue otro de los grandes pensadores vinculados al movimiento restaurador.
Considerado uno de los pioneros del pensamiento social dominicano, analizó las condiciones económicas y sociales que llevaron a la Anexión y las profundas contradicciones que atravesaba la sociedad dominicana.
Junto a figuras como Benigno Filomeno de Rojas, representó la dimensión intelectual de una lucha que no solo buscaba expulsar tropas extranjeras, sino también definir qué tipo de República debía construirse.
El general de la etapa final
José María Cabral (1816–1899)
General restaurador y jefe de Estado
Veterano de la Guerra de Independencia de 1844, José María Cabral aportó su experiencia militar a la causa restauradora durante los momentos decisivos del conflicto.
Su protagonismo se extendió más allá de 1865. Participó activamente en las luchas políticas posteriores y ocupó en distintas ocasiones la jefatura del Estado.
Cabral representa la conexión entre la generación que conquistó la Independencia en 1844 y la que tuvo que defenderla nuevamente durante la Restauración.
Una victoria construida por miles de dominicanos
La Guerra de la Restauración tuvo su desenlace político en 1865, cuando España anuló la Anexión y dispuso la retirada de sus tropas.
Pero la victoria no fue obra exclusiva de los grandes generales cuyos nombres aparecen en los libros de historia.
Detrás de ellos estuvieron miles de campesinos, artesanos, comerciantes, mujeres y hombres anónimos que aportaron alimentos, información, refugio, recursos y combatientes a una guerra que terminó convirtiéndose en una lucha nacional.
La Restauración fue, en esencia, la defensa de una República que se negaba a desaparecer.
El 16 de agosto de cada año, la República Dominicana conmemora aquella gesta. Más que recordar una lista de nombres, la fecha obliga a mirar hacia una generación que, apenas 17 años después de la Independencia, tuvo que volver a levantarse para defender el derecho del país a decidir su propio destino.
Capotillo encendió la llama. Los restauradores la convirtieron en guerra. Y miles de dominicanos hicieron posible que la bandera volviera a ondear sobre una República soberana.


