SANTO DOMINGO, R.D. — Que los estudiantes dominicanos puedan concluir la secundaria con formación en educación vial y acceder al carné de aprendizaje para conducir constituye una iniciativa positiva que merece respaldo, siempre que esté acompañada de una formación rigurosa y no se convierta en un simple trámite.
Más que enseñar a conducir, la propuesta plantea un cambio necesario: educar antes de poner a una persona al volante.
Educación antes que sanción
La República Dominicana enfrenta desde hace años serios problemas de organización y comportamiento en las vías públicas. Semáforos ignorados, exceso de velocidad, uso del teléfono mientras se conduce, motociclistas sin la debida protección, estacionamientos indebidos y falta de respeto al peatón forman parte del panorama cotidiano.
Frente a esta realidad, el sistema de tránsito no puede depender exclusivamente de multas, operativos y sanciones. La prevención debe comenzar mucho antes, desde las aulas.
Incorporar la educación vial al sistema educativo permitiría que los jóvenes conozcan desde temprana edad las normas de circulación, las señales de tránsito, los derechos de los peatones y las consecuencias de las conductas irresponsables al volante.
El carné debe exigir preparación
La entrega del carné de aprendizaje debe estar vinculada a una formación real y evaluada.
Los estudiantes deben demostrar que conocen las normas básicas de tránsito y comprenden que conducir implica una responsabilidad individual y colectiva. Un documento no garantiza un buen conductor; la educación y la formación sí pueden contribuir a lograrlo.
Por eso, el programa debe contar con contenidos uniformes, docentes capacitados, evaluaciones serias y una coordinación permanente entre el Ministerio de Educación y el INTRANT.
Un problema que también es cultural
El desorden del tránsito dominicano no puede atribuirse únicamente a la falta de regulación. Existe también un problema de cultura ciudadana.
Las autoridades pueden aumentar la fiscalización, pero si una parte de la población continúa considerando las normas como opcionales, los resultados serán limitados.
Por eso, educación, regulación, fiscalización e infraestructura deben avanzar de manera conjunta.
No basta con formar conductores. Hay que formar ciudadanos capaces de convivir en las vías públicas.
Una iniciativa que debe mantenerse
Llevar la educación vial a las escuelas representa una oportunidad para comenzar a modificar hábitos que durante generaciones se han transmitido de manera incorrecta.
Un joven que aprende a respetar un semáforo, ceder el paso al peatón, utilizar correctamente los dispositivos de seguridad y comprender los riesgos de conducir bajo los efectos del alcohol tendrá mayores posibilidades de convertirse en un conductor responsable.
La iniciativa debe ser ampliada, fortalecida y evaluada periódicamente para garantizar que sus resultados trasciendan la entrega de un carné.
La transformación del tránsito dominicano no comenzará únicamente con más agentes en las calles. También debe comenzar en las aulas.
Educar para conducir es, en definitiva, educar para preservar vidas.


