Educación dominicana sigue atrapada entre discursos, estadísticas y resultados que no convencen

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El desempeño de República Dominicana en PISA 2025 vuelve a colocar al sistema educativo frente a una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que se anuncia como avance se está convirtiendo realmente en aprendizaje dentro de las aulas?

Los resultados de PISA 2025 vuelven a encender las alarmas sobre la educación dominicana. República Dominicana permanece por debajo del promedio internacional en las competencias evaluadas, una realidad que contrasta con los discursos oficiales que, administración tras administración, presentan cifras de inversión, programas, infraestructura y supuestos avances como evidencia de una transformación que todavía no termina de reflejarse en el desempeño de los estudiantes.

El problema, por tanto, no parece ser exclusivamente de recursos. Desde hace años el país destina una cantidad significativa de fondos al sistema educativo, pero los resultados académicos continúan mostrando una brecha profunda entre lo que se invierte, lo que se anuncia y lo que finalmente aprende el estudiante.

PISA no mide cuántas escuelas fueron construidas, cuántas computadoras fueron distribuidas ni cuánto dinero fue presupuestado. Evalúa si los estudiantes de 15 años pueden utilizar sus conocimientos en lectura, matemáticas y ciencias para resolver problemas de la vida real. Y ahí es donde los discursos comienzan a encontrarse con una realidad mucho menos cómoda.

En PISA 2022, República Dominicana obtuvo 351 puntos en lectura, 339 en matemáticas y 360 en ciencias, mientras la propia evaluación evidenció enormes dificultades para alcanzar los niveles básicos de desempeño.

El nuevo resultado debería obligar a mirar más allá de la estadística y preguntarse qué está ocurriendo dentro de las aulas.

El problema no se resuelve con números administrativos

Durante años, el debate educativo dominicano ha estado demasiado concentrado en indicadores administrativos: porcentaje de ejecución presupuestaria, cantidad de planteles, entrega de dispositivos, capacitación de docentes, cobertura escolar o programas implementados.

Todos esos indicadores pueden ser importantes, pero ninguno sustituye la pregunta fundamental: ¿están aprendiendo los estudiantes?

Porque una escuela puede tener nuevas instalaciones y continuar produciendo bajos aprendizajes. Un estudiante puede recibir una computadora y seguir sin comprender adecuadamente lo que lee. Un programa puede tener una elevada ejecución presupuestaria y, sin embargo, producir resultados académicos modestos.

Ese es precisamente el desafío que plantea PISA.

La evaluación internacional no debe utilizarse simplemente para construir un ranking ni para justificar a una administración frente a otra. Debe funcionar como un espejo incómodo del sistema.

Demasiados diagnósticos, pocas transformaciones

República Dominicana lleva años identificando problemas de comprensión lectora, razonamiento matemático, formación docente, calidad de los aprendizajes y desigualdad educativa.

Lo preocupante es que los diagnósticos se repiten con una frecuencia mucho mayor que las transformaciones estructurales.

Cada administración llega con nuevas estrategias, programas y promesas de cambio. Sin embargo, cuando una medición externa vuelve a evaluar las competencias fundamentales, reaparecen las mismas debilidades.

Eso sugiere que el problema trasciende a un ministro, un gobierno o un período presidencial.

Es un problema de Estado.

La educación necesita continuidad. No puede comenzar de cero cada vez que cambia una administración ni depender de proyectos que pierden fuerza cuando desaparece la gestión que los impulsó.

El estudiante debe volver al centro

El debate también debe abandonar la obsesión por mostrar avances institucionales y concentrarse en el estudiante.

¿Cuántos niños terminan la primaria sin comprender plenamente lo que leen? ¿Cuántos llegan a secundaria con dificultades para resolver operaciones matemáticas básicas? ¿Cuántos docentes cuentan con las herramientas pedagógicas necesarias? ¿Cuánto tiempo efectivo de aprendizaje se pierde durante el año escolar? ¿Qué ocurre con los estudiantes que avanzan de grado sin dominar las competencias del nivel anterior?

Son preguntas más importantes que cualquier cifra de inauguraciones, dispositivos entregados o presupuesto ejecutado.

El propio Índice Integral de Eficiencia Educativa 2025 mantiene señales de rezago del país frente al promedio latinoamericano, lo que refuerza la necesidad de analizar la eficiencia del sistema más allá del gasto realizado.

PISA no debe convertirse en otro titular

El peligro ahora es que los resultados de PISA 2025 se conviertan en una noticia más: unos días de titulares, declaraciones oficiales, explicaciones coyunturales y luego silencio.

Eso sería desperdiciar una oportunidad.

Los resultados deben provocar una revisión profunda de las políticas educativas, desde la formación inicial y continua de los docentes hasta el currículo, la evaluación, la gestión de los centros, la recuperación de aprendizajes y el acompañamiento a los estudiantes con mayores dificultades.

También deben servir para establecer metas medibles y transparentes que permitan saber, año tras año, si realmente se está avanzando.

Porque la educación dominicana no necesita otra colección de estadísticas favorables. Necesita resultados que puedan comprobarse en la capacidad de sus estudiantes para leer, pensar, razonar, resolver problemas y comprender el mundo que les corresponde transformar.

El país no puede seguir confundiendo inversión con calidad, cobertura con aprendizaje ni ejecución presupuestaria con transformación educativa.

PISA 2025 vuelve a colocar el espejo frente al sistema.

La pregunta ya no es cuánto se ha anunciado que se ha avanzado.

La pregunta es por qué, después de tantos años, el estudiante dominicano todavía no logra demostrar ese supuesto avance.

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