El simulacro nacional de terremoto movilizó a millones de personas en todo el país, pero el ejercicio deja bajo escrutinio la preparación real de las escuelas, donde miles de estudiantes pasan diariamente gran parte de su jornada.
SANTO DOMINGO.– República Dominicana puso este martes a prueba su capacidad de respuesta frente a un eventual terremoto con un simulacro nacional que movilizó a unos 3.2 millones de personas, según el reporte ofrecido por el Centro de Operaciones de Emergencias (COE).
La magnitud de la movilización representa un paso importante en la construcción de una cultura de prevención, pero también plantea una interrogante que trasciende las cifras: ¿está realmente preparado el país para responder cuando un terremoto deje de ser un ejercicio y se convierta en una emergencia real?
El interrogante adquiere mayor dimensión cuando se coloca el foco sobre las escuelas, uno de los escenarios que debería recibir mayor atención dentro de cualquier política nacional de prevención sísmica.
Durante el horario escolar, miles de estudiantes, profesores y empleados permanecen concentrados simultáneamente en centros educativos públicos y privados. Una emergencia sísmica durante ese período podría convertir cualquier deficiencia en los protocolos de evacuación o en las condiciones estructurales de los planteles en un factor de alto riesgo.
El Ministerio de Educación anunció la participación del sistema educativo en el ejercicio nacional. Sin embargo, la efectividad del simulacro no debería medirse únicamente por el número de instituciones registradas o personas movilizadas, sino por la capacidad demostrada para responder de manera ordenada ante una situación de emergencia.
La evaluación debe determinar, entre otros aspectos, cuánto tiempo necesitaron los centros para evacuar, si las rutas estaban claramente identificadas, si los puntos de encuentro eran adecuados, si docentes y estudiantes conocían los protocolos y cuáles fueron las principales dificultades encontradas.
También queda pendiente conocer la situación de las edificaciones escolares que pudieran presentar vulnerabilidades frente a movimientos sísmicos y las medidas adoptadas para reducir esos riesgos.
Porque participar en un simulacro no equivale necesariamente a estar preparados.
Un ejercicio de esta naturaleza tiene precisamente como propósito detectar fallas antes de que ocurra una tragedia. Si durante la evacuación se producen confusiones, aglomeraciones, retrasos o desconocimiento de los protocolos, esas deficiencias deben quedar documentadas y convertirse en objetivos de corrección.
El país tampoco puede asumir que la prevención termina el día del simulacro. La preparación ante terremotos debe formar parte de una política permanente que incluya capacitación, señalización, actualización de protocolos, evaluación de infraestructuras y ejercicios periódicos.
La escuela, en particular, debería convertirse en uno de los principales espacios para desarrollar esa cultura de prevención.
Los estudiantes no solo deben aprender matemáticas, ciencias o lengua. También necesitan saber cómo protegerse, cómo evacuar y cómo ayudar a mantener el orden cuando ocurre una emergencia.
El simulacro nacional ofrece, por tanto, una oportunidad para mirar más allá de la estadística oficial.
Los 3.2 millones de participantes constituyen un dato relevante, pero el verdadero balance deberá establecer cuántas vidas potencialmente podrían protegerse si las lecciones obtenidas este martes se traducen en decisiones concretas.
Las autoridades tienen ahora el reto de publicar los resultados de la evaluación, identificar las fallas detectadas y explicar qué medidas serán adoptadas para corregirlas.
Porque cuando llegue un terremoto real no habrá tiempo para organizar un simulacro.
No habrá instrucciones repetidas por altavoces ni oportunidad para corregir una ruta de evacuación equivocada.
Habrá estudiantes en las aulas, profesores tratando de protegerlos y familias esperando respuestas.
Por eso, el verdadero éxito del Simulacro Nacional de Terremoto 2026 no estará en los millones que participaron, sino en la capacidad del Estado para convertir ese ejercicio en preparación real.
La pregunta que queda sobre la mesa no es cuántos evacuaron. Es cuántos estarían realmente preparados cuando ya no sea un simulacro.


