Préstamos, futuros bonos millonarios y acuerdos financieros rodean el desarrollo de jóvenes prospectos dominicanos, mientras el nombre de David Ortiz aparece vinculado a una estructura empresarial que vuelve a poner bajo la lupa el modelo que opera alrededor del béisbol de firmas
Santo Domingo, República Dominicana. — Para miles de jóvenes dominicanos, llegar a las Grandes Ligas representa el sueño de toda una vida. Para otros, mucho antes de que ese sueño se concrete, ya existe un negocio construido alrededor del dinero que podría generar.
Esa realidad vuelve a quedar expuesta con una investigación de ProPublica sobre el sistema de desarrollo y firma de prospectos en República Dominicana, en la que aparece el nombre de David Ortiz vinculado empresarialmente con Santo Caraballo, señalado en la investigación por sus operaciones financieras relacionadas con jugadores y preparadores.
La controversia no convierte, por sí sola, a Ortiz en responsable de las prácticas descritas en la investigación. El expelotero ha negado haber prestado dinero directamente a jugadores o familiares y sostiene que su participación estuvo relacionada con préstamos otorgados a preparadores de peloteros.
Pero el caso abre una discusión mucho más profunda: qué ocurre con el dinero de un prospecto antes de que siquiera tenga la oportunidad de cobrarlo.
Un negocio construido sobre futuros bonos
La investigación describe un mercado en el que los jóvenes comienzan a ser preparados desde edades tempranas, mientras entrenadores, agentes, intermediarios y prestamistas participan alrededor de los futuros contratos.
Los llamados preacuerdos permiten establecer compromisos económicos antes de que los jugadores puedan firmar oficialmente con una organización de Grandes Ligas.
El mecanismo puede generar una paradoja: el prospecto todavía no ha llegado al béisbol profesional, pero una parte de los recursos que eventualmente recibiría ya está comprometida.
De acuerdo con ProPublica, los equipos de Grandes Ligas pagaron 1,042 millones de dólares en bonos a prospectos dominicanos entre 2012 y comienzos de 2026, una cifra que permite dimensionar el volumen económico de una industria que se desarrolla alrededor del talento juvenil.
El nombre de Big Papi entra en escena
David Ortiz reconoció haber mantenido una sociedad empresarial vinculada a Santo Caraballo para otorgar préstamos a preparadores de jugadores.
El exjugador ha establecido una diferencia fundamental frente a los señalamientos contenidos en la investigación: sostiene que su empresa no prestaba directamente a jugadores ni a sus familiares.
Ortiz también afirmó que terminó su relación comercial con Caraballo después de considerar que su nombre estaba siendo utilizado en otros negocios.
Su posición plantea un elemento que debe mantenerse separado de los señalamientos generales sobre el sistema: una cosa es la relación empresarial reconocida por Ortiz y otra atribuirle directamente cada operación financiera descrita en la investigación.
El verdadero problema está en la estructura
Más allá del nombre de una de las figuras más reconocidas del béisbol dominicano, el caso vuelve a colocar bajo escrutinio un modelo que funciona alrededor de adolescentes con escasa capacidad para negociar por sí mismos.
En ese escenario, el poder económico está concentrado en quienes conocen el mercado, manejan información financiera y tienen acceso a los equipos de Grandes Ligas.
El joven, en cambio, aporta lo que todavía no tiene precio definitivo: su talento y la posibilidad de convertirse en profesional.
La investigación de ProPublica documenta casos en los que entrenadores han recibido porcentajes importantes de los bonos de firma de los jugadores que preparan. También describe operaciones de préstamos respaldadas por los futuros ingresos de esos prospectos.
El resultado es un sistema en el que el dinero puede comenzar a circular antes de que el jugador tenga control real sobre su propio futuro profesional.
Cuando el bono deja de ser solamente del pelotero
Uno de los casos citados por ProPublica es el del prospecto Belfi Rivera, cuyo bono acordado con los Diamondbacks de Arizona ascendió a 1.8 millones de dólares.
Según la investigación, una parte significativa de ese dinero terminó comprometida con personas vinculadas a su formación y con operaciones financieras relacionadas con su firma.
El caso sirve para mostrar la dimensión del fenómeno: un bono que para una familia representa la posibilidad de cambiar radicalmente su situación económica puede convertirse, dentro del sistema, en una fuente de pagos, comisiones y obligaciones previamente negociadas.
Y ahí aparece una de las preguntas centrales: ¿cuánto del dinero generado por el talento termina realmente en manos del joven que produjo ese valor?
Una industria millonaria con controles cuestionados
El béisbol de Grandes Ligas ha convertido a República Dominicana en uno de los principales mercados internacionales para la captación de talento.
El flujo de millones de dólares ha creado academias, empleos y oportunidades, pero también una compleja red de intereses económicos.
La investigación plantea cuestionamientos sobre la supervisión de los acuerdos entre prospectos, preparadores y prestamistas, así como sobre el conocimiento que tienen las familias cuando aceptan compromisos financieros vinculados a futuros bonos.
El problema adquiere una dimensión adicional porque muchos de los jugadores comienzan su preparación siendo menores de edad.
El debate que el béisbol no puede esquivar
El caso Ortiz-Caraballo puede generar titulares, pero reducir la discusión a una figura conocida sería quedarse en la superficie.
El verdadero desafío está en revisar cómo funciona el negocio alrededor de los prospectos dominicanos, quién vigila los acuerdos, qué protección reciben los menores y qué porcentaje del valor económico generado por un jugador permanece finalmente en sus manos.
Porque el sueño de llegar a Grandes Ligas no debería comenzar con una deuda.
Tampoco debería depender de cuánto poder tenga una familia para negociar frente a una industria que mueve millones de dólares.
El talento pertenece al jugador.
La pregunta pendiente es quién controla el dinero que ese talento genera antes de que el propio jugador pueda hacerlo.


