Ottawa impone aranceles de hasta 50% a productos estadounidenses en represalia por las medidas de Washington, elevando la tensión entre dos de las economías más integradas del mundo.
Canadá decidió responder a la ofensiva arancelaria de Donald Trump con nuevos impuestos de entre 15% y 50% sobre productos estadounidenses, en una medida que profundiza el enfrentamiento comercial entre ambos países.
Los nuevos gravámenes alcanzarán cientos de productos procedentes de Estados Unidos y comenzarán a aplicarse el 8 de septiembre, como respuesta a las tarifas impuestas previamente por Washington a mercancías canadienses.
La decisión de Ottawa marca un nuevo nivel de tensión en una relación económica caracterizada durante décadas por una intensa integración comercial. Estados Unidos y Canadá comparten cadenas de producción, mercados y sectores estratégicos, por lo que una guerra arancelaria prolongada puede terminar afectando a empresas y consumidores de ambos lados de la frontera.
El conflicto tiene especial relevancia para industrias como la automotriz, el acero, el aluminio, la agricultura y la manufactura, donde los productos y componentes cruzan repetidamente la frontera antes de llegar al consumidor final.
Una disputa que puede salir cara
Aunque los aranceles buscan presionar al socio comercial y proteger determinadas industrias nacionales, el efecto puede ser mucho más amplio. El aumento de los costos de importación puede trasladarse a los precios finales, reducir los márgenes empresariales y afectar las decisiones de inversión.
Canadá, además, anunció medidas de respaldo para los sectores afectados, consciente de que la respuesta comercial también tendrá un costo para su propia economía.
La confrontación pone bajo presión el esquema de integración económica de América del Norte y aumenta la incertidumbre sobre el futuro del acuerdo comercial entre Estados Unidos, México y Canadá.
Más que una disputa por tarifas, el enfrentamiento representa una batalla por las reglas que definirán el comercio norteamericano en los próximos años.
Ottawa busca demostrar que no aceptará unilateralmente las condiciones impuestas por Washington. Trump, por su parte, utiliza nuevamente el peso del mercado estadounidense como herramienta de presión.
El gran riesgo es que la escalada deje de ser un mecanismo de negociación y se convierta en una guerra comercial prolongada, cuyos costos terminen siendo asumidos no solo por los gobiernos, sino también por empresas, trabajadores y consumidores.
Canadá ya respondió. Ahora la atención está puesta en Washington y en si Trump optará por negociar o profundizar una confrontación que amenaza con alterar una de las relaciones comerciales más importantes del mundo.


