El Brujo de Manoguayabo: la historia de Cuco Valoy

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De los jardines de Gascue a los grandes escenarios internacionales, Cuco Valoy convirtió una infancia marcada por la pobreza en una vida dedicada a la música, la familia y la construcción de un legado que permanece vivo en varias generaciones de artistas dominicanos.

Santo Domingo, RD. — Nacido el 6 de enero de 1937 en Manoguayabo, Santo Domingo, con el nombre de pila Pupo Valoy —apellido que heredó de su madre, a quien perdió cuando apenas tenía cuatro años, ya que sus padres nunca llegaron a casarse—, Cuco creció entre la pobreza y la música.

A los 14 años, Cuco tomó la decisión de venir a trabajar a la capital. Allí, mientras trabajaba como jardinero de una familia adinerada de Gascue, se ganó el cariño de sus patrones, quienes le ayudaron a terminar de formarse a nivel escolar. Fijó residencia en el sector de Villa Juana, en la calle Francisco Villaespesa, donde viviría gran parte de su vida. El niño que un día tocó tambora entre matas terminó cultivando jardines ajenos mientras, en silencio, cultivaba también su propio talento.

Su hermano menor, Martín, se convertiría en el primer cómplice de esa vocación. En 1957 ya se había dado a conocer en la televisión, en el programa “Buscando Estrellas” de La Voz Dominicana, y al año siguiente firmó con el productor Radhamés Aracena —pionero en la grabación de bachatas y sones—, quien fue clave para proyectarlo a nivel nacional.

El debut oficial de Los Ahijados ocurrió el sábado 31 de mayo de 1958, en el Teatro Arelis del Ensanche Benefactor. A mediados de esa década, el dueto adoptó su nombre definitivo en homenaje al célebre Los Compadres de Cuba. Cuco era el vocalista principal y guitarrista de ese conjunto que interpretaba música afrocubana.

No fue un camino fácil. Cuco llegó al negocio solo con la intensidad y el amor a la música, pero sin ningún conocimiento de la comercialización de su trabajo; recuerda que con Los Ahijados nunca llegó a ganar ni siquiera cinco mil pesos en presentaciones. Fue el disquero cubano Mateo San Martín quien terminaría enseñándole ese oficio. En 1971 se presentó por primera vez en Nueva York, un anticipo del alcance internacional que tendría después.

De Manoguayabo al mundo: un paseo por los ritmos del Caribe

Con el tiempo, Cuco dejó de ser solo un sonero de serenatas para convertirse en un explorador de géneros. Su talento se movió con naturalidad entre el son montuno, la salsa, la guaracha, el bolero y el merengue, como instrumentista de maracas, güira, güiro, guitarra, tambora, congas, bongós y cuatro.

Una de esas exploraciones nació casi por accidente, en la habitación de su propia casa. La madre de su primera esposa tenía un altar con algunos santos y recibía frecuentes visitas de gente, especialmente mujeres. “Yo un día me puse a observar todo lo que sucedía allí y se me ocurrió escribir un merengue y cantarlo emulando todo lo que hacía mi suegra”, reveló Cuco en una entrevista. Así nació “El Brujo”, un tema tan genuino que muchos comenzaron a llamarlo para solicitarle citas y trabajos de brujería, y con él, uno de sus apodos artísticos más entrañables.

Pero fue otra canción la que terminaría cruzando fronteras. “Juliana” surgió en Nueva York, durante una grabación de un álbum junto a su hijo Ramón Orlando.

Cuco ya tenía cinco temas propios listos, pero se puso celoso al ver que no tenía nada más que aportar y se fue triste a su hotel. “Yo le dije a Ramón: mira, yo no me puedo ir de aquí sin grabar nada, yo que soy un sonero…”, recordó. Esa noche, de la nostalgia nació el coro que millones cantarían después: “Juliana, qué mala eres…”. Ese tema a ritmo de salsa —junto con otros éxitos como “El Divorcio” y “Nació Varón”— fue el que lo llevó definitivamente a la internacionalización.

El reconocimiento no tardó en llegar desde toda la región. Colombia fue uno de los lugares donde Cuco obtuvo mayores éxitos: allí recibió tres veces el premio “Congo de Oro” (1981, 1983 y 2015), en el marco del Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla.

En República Dominicana recibió la Medalla de los Héroes de la Patria, y en 2017 el más alto galardón de la Asociación de Cronistas de Arte (Acroarte) en los Premios Soberano, además del Grammy Latino a la Excelencia Musical ese mismo año. En julio de 2021, el escritor colombiano José Díaz publicó su biografía autorizada.

El sueño de una familia musical

Detrás de cada escenario, Cuco alimentaba una ambición más profunda que la fama personal. Padre de catorce hijos, siempre se preocupó por transmitir el conocimiento musical a su descendencia; su mayor anhelo era hacer de la música un negocio de familia. De sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música obtuvo los conocimientos necesarios para ofrecerles a sus hijos la técnica y el adiestramiento que él mismo había tenido que ganarse a pulso.

Ese sueño encontró su heredero natural en Ramón Orlando, quien inició junto a su padre como pianista en 1976, a los 16 años de edad, en la orquesta “Los Virtuosos” —agrupación que nació el 27 de febrero de 1975, cuando Los Ahijados dieron paso a este nuevo proyecto, debutando junto a Johnny Ventura en el Teatro Agua y Luz—.

Cuco no se limitó a abrirle la puerta: le insistió firmemente a su hijo que si quería vivir de la música tenía que hacerlo de forma profesional, convencido de que el talento natural, sin disciplina, no trascendería con los años. No se equivocó: Ramón Orlando se convertiría en “El Maestro” del merengue típico y en 1992 recibiría siete premios Casandra, incluyendo el Soberano mayor de esa edición.

El reencuentro en el Olímpico

Medio siglo después de aquel muchacho de 16 años sentado al piano, la historia se cerró en círculo. El pasado 23 de septiembre, Ramón Orlando celebró sus 50 años de trayectoria con el concierto “50 años: Ramón Orlando y sus amigos”, en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, ante más de 50 mil personas y con la participación de más de 70 artistas.

Meses antes, al anunciar la presentación, Ramón Orlando se emocionó al contar que su padre, quien lo introdujo a la música y que en 2027 cumplirá 90 años, viajaría desde Estados Unidos para cantar junto a él su emblemática salsa “Juliana”.

Y así fue. Uno de los momentos especiales de la noche estuvo dedicado por completo a Cuco Valoy, quien interpretó “Pasito Colombiano” y “Juliana”, acompañado por Henry García en el coro y el güiro, y por el reconocido productor y pianista Sergio George al piano, una de las sorpresas de la jornada. Cuco interpretó “Rompa fila” acompañado al piano por su propio hijo, y compartió escenario con Sergio George en el emblemático tema “Juliana”. Padre e hijo intercambiaron palabras de agradecimiento ante el público, en un instante que resumió cincuenta años de tambora, sacrificio y herencia.

El jardinero que sembró un legado

El niño que tocaba tambora en Manoguayabo y que después cuidó jardines ajenos en Gascue terminó, sin saberlo, sembrando algo mucho más duradero: una dinastía musical que hoy recorre el son, la salsa, el merengue y el bolero, y que sigue sonando desde los barrios dominicanos hasta los carnavales de Barranquilla.

Casi a los 90 años, Cuco Valoy sigue de pie en la tarima, el mismo hombre que un día prometió que si su hijo quería vivir de la música, tendría que hacerlo en serio.

El Olímpico, lleno hasta el último rincón, fue la prueba de que ambos cumplieron su palabra.

1 COMENTARIO

  1. De corazón te felicito Gregory. Excelente redacción. Muy buena hilaridad en el relato. Buen trabajo. Solo que me quedé esperando la etapa patriótica de Cuco y Martín Valoy durante la invasión norteamericana en 1965, donde grabaron canciones de protesta contra esa agresión a la patria. También su autoexilio, como forma de protesta contra los 12 años de la semidictadura de Balaguer.

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