El carrao, la voz nocturna que vigila los humedales dominicanos

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Considerada ave de mal agüero por unos y guardiana silenciosa de ríos y ciénagas por otros, esta zancuda de canto lúgubre —única representante de su familia en el planeta— cumple un papel decisivo en el equilibrio de los ecosistemas acuáticos de la isla.

SANTO DOMINGO, R.D.— Entre los manglares del Bajo Yuna, los espejos de agua del Jardín Botánico Nacional Dr. Rafael M. Moscoso y las orillas del Cachón de la Rubia, un grito quebrado y prolongado —»carra-ú… carra-ú»— anuncia al caer la tarde la presencia de una de las aves más singulares y menos comprendidas de la fauna dominicana: el carrao (Aramus guarauna).

Conocida también como caraú o guariao, esta zancuda de plumaje pardo bronceado, cabeza y cuello grisáceos, patas largas y pico amarillento ligeramente curvo, es la única especie viva de la familia Aramidae, un linaje emparentado con las grullas pero clasificado aparte por la ciencia desde el siglo XIX. Con unos 66 centímetros de longitud y hasta un metro de envergadura alar, el carrao no pasa inadvertido para quien recorre los humedales del país, aunque su comportamiento esquivo y sus hábitos crepusculares hacen que se le escuche con mucha más frecuencia de la que se le ve.

UN LINAJE QUE LLEGÓ DESDE EL CONTINENTE


El carrao es una especie propiamente americana, distribuida desde el sur de Florida y México hasta el norte de Argentina, pasando por toda Centroamérica, el Caribe y buena parte de Suramérica. De las cuatro subespecies reconocidas, la que habita en República Dominicana y Haití —Aramus guarauna elucus— es exclusiva de La Española y Puerto Rico, una particularidad que convierte a la población insular en un patrimonio biológico propio, distinto de los caraos continentales.

En el país, la especie es residente reproductora, es decir, no migra: nace, se alimenta y se reproduce dentro del territorio nacional durante todo el año. Su presencia ha sido documentada de forma constante en el Bajo Yuna, en las provincias de Duarte y Sánchez Ramírez, así como en otras zonas húmedas con cobertura arbórea, condición indispensable para su supervivencia.

COMPORTAMIENTO: SIGILO, SOLEDAD Y UN CANTO QUE INQUIETA


El carrao es un ave predominantemente solitaria o que se desplaza en parejas, de movimientos cautelosos y andar pausado entre la vegetación palustre. Su actividad se intensifica al atardecer y durante la noche, cuando emite el reclamo que le da nombre y que ha alimentado buena parte del folclore que lo rodea en la cultura popular dominicana.

«Estás como un carrao» es una expresión que en el habla dominicana describe a una persona de aspecto desgreñado o escuálido, una referencia directa al porte desaliñado con que suele presentarse esta ave en la imaginación popular.

Junto a la lechuza, el carrao ha sido asociado tradicionalmente con la mala suerte en el imaginario rural dominicano, una percepción que biólogos del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales atribuyen al carácter nocturno y al timbre lúgubre de su canto, más que a cualquier comportamiento agresivo o peligroso hacia el ser humano. Curiosamente, ese mismo llamado ha traspasado fronteras culturales: ha sido utilizado como efecto de sonido ambiental en producciones cinematográficas internacionales, entre ellas películas de las franquicias de Tarzán y Harry Potter, para ambientar escenarios de selva y misterio.

Durante la temporada reproductiva, que en la región puede extenderse buena parte del año, la pareja construye su nido a ras de suelo o entre arbustos y matorrales cercanos al agua, donde la hembra deposita entre cuatro y siete huevos. Ambos progenitores participan en la incubación y en el cuidado de los polluelos, un comportamiento cooperativo poco común entre las aves zancudas de la región.

UNA DIETA ALTAMENTE ESPECIALIZADA


La alimentación del carrao es uno de los rasgos más estudiados por la ornitología continental: su dieta está dominada de forma casi exclusiva por caracoles de agua dulce del género Pomacea, conocidos como caracoles manzana, que localiza y extrae de la vegetación acuática flotante y de las orillas fangosas gracias a un pico largo, fino y ligeramente curvado, adaptado para introducirse en la concha del molusco sin romperla. En República Dominicana, su menú se completa con pequeños peces, ranas, sapos y otros invertebrados propios de las ciénagas y las riberas de los ríos.

Esta especialización alimentaria no es un detalle menor: estudios en México, Colombia y Estados Unidos han documentado que la distribución geográfica del carrao sigue de cerca la disponibilidad de caracoles manzana en cada humedal, hasta el punto de que la llegada o desaparición de esta ave suele funcionar como un indicador indirecto de la salud del ecosistema acuático que habita.

EL APORTE DEL CARRAO AL EQUILIBRIO DE LOS HUMEDALES


Más allá de su valor simbólico en la cultura popular, el carrao desempeña una función ecológica concreta: al alimentarse intensivamente de moluscos, contribuye a regular las poblaciones de caracoles de agua dulce, entre ellos algunas especies con potencial invasor, ayudando a mantener el equilibrio trófico de ciénagas, riberas y espejos de agua. Su presencia estable en un humedal es, para los biólogos, una señal de buena calidad ambiental, ya que la especie es sensible tanto a la contaminación como a la pérdida de cobertura boscosa ribereña.

Por esa razón, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales ha incluido al carrao entre las especies destacadas en las jornadas del Día Mundial de las Aves Migratorias y el Festival de las Aves del Caribe, actividades orientadas a promover la conservación de la avifauna acuática nacional, aun cuando el carrao dominicano no migra fuera del país.

UNA ESPECIE PROTEGIDA POR LEY


El carrao está amparado por la Ley 248-12 sobre Protección Animal y Tenencia Responsable, que en su artículo 74 establece el deber ciudadano de denunciar ante las autoridades cualquier maltrato o cautiverio irregular de fauna silvestre. La norma ha sido invocada en casos recientes: en años pasados, agentes de la Policía Nacional liberaron varios ejemplares de carrao mantenidos en cautiverio a orillas del río Yuna, a su paso por Cotuí, devolviéndolos a su hábitat natural en un operativo que evidenció tanto la vulnerabilidad de la especie ante la captura ilegal como el interés institucional en su resguardo.

Hoy, el carrao continúa siendo, para quienes habitan cerca de los humedales dominicanos, esa voz nocturna difícil de ver pero imposible de ignorar: un recordatorio sonoro de que la salud de los ríos, ciénagas y bosques de galería del país depende, también, de especies tan discretas como decisivas para sostener la vida silvestre de la isla.

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