El día que las guitarras lloraron por Niño Castillo

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Todavía hay quien jura que, si se para en la puerta de la Catedral Santa Ana, alcanza a escuchar un bolero a media voz. Así fue como San Francisco de Macorís despidió a Antonio Castillo Rodríguez, el notario, el bombero, el cantante de barrio que todos llamaban Niño, y así es como su ciudad sigue, hasta hoy, recordándolo.

Hay días que se quedan a vivir en un lugar mucho después de haber pasado. Ese jueves de agosto es uno de ellos. Todavía, si alguien entra a la Parroquia Catedral Santa Ana y se queda quieto un instante, jura poder sentir el olor de las flores recién cortadas, el rasgueo lento de una guitarra que no terminaba de decidirse a callar, y, sobre todo, una voz de mujer que se quebró frente al altar y, al quebrarse, quebró a todos los que la escuchaban.

Fue así, entre nostalgia y canto, como San Francisco de Macorís le dijo adiós a Antonio Castillo Rodríguez. Nadie, sin embargo, lo llamó por ese nombre completo aquella mañana. Para su ciudad, para sus notarios, para sus compañeros bomberos y para el público que durante años lo aplaudió en las noches de karaoke, siempre fue, simplemente, Niño.

Esa calurosa mañana de su partida, cuando la provincia Duarte se reunió a despedirlo, el duelo cobró intensidad; se volvió más hondo, más consciente de todo lo que se iba con él. Al templo llegó una nutrida delegación encabezada por el presidente del Colegio Dominicano de Notarios (CODENOT), Dr. Jhon Richard Paniagua Feliz, junto a directivos nacionales y provinciales de la institución, y notarios venidos de distintos puntos del país para acompañar a una familia —y a una ciudad entera— que lloraban al mismo hombre por razones muy distintas.

Un hombre con muchos oficios

Porque hay vidas que no caben en un solo oficio. Niño Castillo fue notario, abogado, bombero, deportista y cantante, sí, pero decir solamente eso es quedarse en la superficie. Lo que de verdad explica el tamaño del vacío que dejó es otra cosa, más difícil de nombrar: la manera en que, en cada uno de esos espacios, terminó siendo recordado no por el cargo sino por el hombre. El amigo. El compañero. El que se hacía querer sin proponérselo.

Graduado en Derecho y Contabilidad, dedicó diez años al Banco Popular Dominicano, donde llegó a subgerente, antes de construir una extensa carrera en la Nordestana Corporación de Crédito. Desde el año 2000 ejerció como notario público, y con los años presidió la seccional Duarte del Colegio de Abogados y, durante catorce años consecutivos, la filial Duarte del Colegio Dominicano de Notarios: dos instituciones a las que dejó, más que una gestión, una manera de entender el servicio.

Pero fue en el Cuerpo de Bomberos de San Francisco de Macorís, al que se incorporó en 1978, donde escribió quizás la página más entrañable de su historia. Como parte del Departamento de Apoyo Empresarial de los Bomberos (DAEBOSAM), alcanzó el rango de Mayor, un grado que sus compañeros no describen como una distinción más entre tantas, sino como el nombre que se le da a 46 años de estar ahí, siempre, cuando una causa colectiva necesitaba manos y voluntad.

No despedimos únicamente a un ciudadano distinguido. Despedimos también a uno de los nuestros.

El debate, el micrófono y a Fe Pública

Quien compartió con él una tarde de sóftbol cuenta una historia distinta a la de quien lo conoció frente a un protocolo notarial, y sin embargo, en el fondo, hablan del mismo hombre. En el deporte, que practicó con devoción desde el béisbol hasta el sóftbol, construyó una trayectoria que en 2016 lo llevó a la Galería de la Fama de la Región Nordeste, aunque quienes jugaron a su lado insisten en que los mejores recuerdos nunca estuvieron en los trofeos, sino en las tardes compartidas.

Y luego estaba la música, que en él no era un pasatiempo sino casi una segunda voz. Durante años fue una de las presencias más reconocibles del karaoke francomacorisano, intérprete de boleros, baladas, bachatas y rancheras que cantaba, según quienes lo escucharon tantas veces, no por lucirse frente a nadie, sino porque cantar era, sencillamente, su forma de estar vivo. Esa costumbre —regalarle una canción a la ciudad en cualquier esquina— es hoy, quizás, la imagen que más se repite entre quienes lo extrañan.

La canción que se quedó sin terminar de escucharse

El instante que nadie ha podido olvidar todavía llegó cuando su hija, la cantante Diomary Celeste Castillo, conocida en los escenarios como Diomary “La Mala”, se paró frente al altar. Nacida en San Francisco de Macorís y formada desde niña en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad —donde estudió piano y canto, y llegó a integrar la coral como contralto—, Diomary había iniciado su carrera en Nueva York en 1993 y lanzado en 2006 su primer álbum, “Enero 2”. Pero esa mañana no era una artista sobre un escenario. Era, otra vez, la hija de Niño.

Antes de cantar pidió apenas un instante, y aclaró que lo que estaba a punto de ofrecer no era una canción, sino algo más parecido a una oración. Habló de amor, de respeto, del mismo cariño de siempre hacia su padre. Y cuando por fin cantó, con la voz temblando entre cada verso, quienes estaban en los bancos dejaron de disimular el llanto. No hacía falta entender cada palabra para entender lo que decía: que hay ausencias que no se resignan a ser silencio, y que el amor, cuando es de verdad, insiste en seguir sonando.

Más que una canción, una oración de amor: “Como siempre, con el mismo amor, cariño y respeto a mi padre.”

La Casa que llevará su nombre

Fue el propio Dr. Jhon Richard Paniagua Feliz, presidente del Colegio Dominicano de Notarios, quien, en representación del notariado dominicano, tomó la palabra junto al féretro para anunciar una decisión adoptada por unanimidad con la comunidad notarial local: la casa del Colegio de Notarios de San Francisco de Macorís, recién remozada y remodelada, llevará a partir de ahora el nombre de Antonio Castillo Rodríguez. No un homenaje de placa y discurso, sino una dirección, un lugar al que se podrá seguir llegando y donde su nombre estará, de ahora en más, escrito en la puerta.

El presidente de CODENOT recordó que Niño Castillo dirigió y fundó la filial Duarte durante catorce años, y describió a un hombre que, en sus propias palabras, había ocupado prácticamente todas las funciones posibles en su ciudad: artista, bombero, notario. Dijo que las acciones de los grandes hombres es el  ejemplo a seguir. El anuncio se recibió con un aplauso bajo, contenido, de esos que en un funeral terminan pareciéndose mucho a otra forma de llanto.

En ese mismo espíritu, desde el Cuerpo de Bomberos se hizo constar la intención del Intendente General de Brigada, Dr. Luis Elías Esmurdot, junto al Director Departamental, coronel Lic. Franklin Lantigua, de tramitar un reconocimiento formal a la trayectoria y al compromiso social de Niño Castillo, gesto de gratitud de una institución que lo tuvo entre sus filas durante casi medio siglo.

Una familia, una ciudad, una misma pena

Niño Castillo deja a su esposa, la Segunda Teniente y maestra Celeste Adalgisa Jiménez, y a sus hijos Diomary Celeste, Julio César y Germán Amaury Castillo. Era una familia que ya conocía el peso de una despedida: en junio de 2020 había partido su hijo Luis Manuel “Luichy” Castillo, y esa mañana, sin que nadie lo dijera en voz alta, los dos nombres volvieron a quedar unidos en la misma memoria.

Días después de aquella despedida, lo que queda no es tanto la fecha ni el protocolo del adiós, sino algo más difícil de guardar en un calendario: una guitarra que en algún bar de la ciudad todavía espera su turno, una silla que alguien sigue mirando de reojo esperando verlo llegar, y una canción que, cada vez que suena, obliga a callar la conversación por unos segundos. San Francisco de Macorís no despidió solamente a un notario, a un bombero o a un deportista. Despidió a un amigo, a una voz conocida, y a una parte de su propia memoria. Descansa en paz, mi comandante.

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