El 8 de septiembre de 1839 nació en Puerto Plata el hombre que, entre libros prestados y montes de caoba, se forjó a sí mismo antes de forjar la Restauración. Estas son las facetas menos contadas de Gregorio Luperón: el general que rechazó la presidencia el mismo día que se la ofrecieron.
Hay una fecha que Puerto Plata guarda como se guarda una herida que sanó bien: el 8 de septiembre de 1839. Ese día nació, en el seno de una familia humilde, un niño al que nadie —ni siquiera él— podía imaginar tallado en bronce. Su madre, Nicolasa Luperón, era una mujer de piel negra descendiente de inmigrantes de las islas británicas. De ella heredó algo que después le abriría puertas insospechadas: el idioma inglés, que aprendió en casa antes que en cualquier aula, y que décadas más tarde le permitiría negociar, conspirar y sobrevivir en el exilio como pez en el agua diplomática del Caribe y los Estados Unidos.
A los doce años ya no jugaba: trabajaba. Fue enviado a los montes de Jamao a cortar caoba para el comerciante Pedro Eduardo Dubocq, un francés que, según varias crónicas de la época, pudo haber sido más que su patrón: su padre. La historia oficial rara vez se detiene en ese detalle incómodo, pero los biógrafos coinciden en algo más determinante todavía: fue en la biblioteca de Dubocq donde el niño que cortaba madera empezó, sin maestros ni escuela formal, a cortar también su propio destino.
“Las Vidas Paralelas, de Plutarco, se convirtieron en su evangelio personal.”
Autodidacta hasta la médula, Luperón devoró en esas estanterías prestadas Las Vidas Paralelas de Plutarco, el libro de héroes griegos y romanos que moldeó su idea temprana de lo que significaba servir a un pueblo. No tuvo títulos ni diplomas. Tuvo, en cambio, una voz para la oratoria que nadie le enseñó y una determinación que el tiempo no logró desgastar. A los diecinueve años, en 1858, ya había instalado su propia casa de comercio en Yásica. El muchacho de los montes se estaba convirtiendo, sin que casi nadie lo notara todavía, en un hombre de mundo.
El destino, sin embargo, no le tenía preparada una vida de comerciante. En 1861, Pedro Santana entregó la soberanía dominicana a España a espaldas del pueblo. Luperón, con apenas veintidós años y sin ser todavía una figura conocida, se negó en redondo a firmar el acta de anexión. Puerto Plata fue el último pueblo del país en doblegarse ante la bandera española, y fue justamente allí donde Luperón, cuenta la tradición oral, protagonizó una pelea contra partidarios anexionistas que lo llevó, en 1862, directo a la cárcel.
Escapó. Huyó primero a Haití y después a los Estados Unidos, dos escalas de un exilio que se repetiría varias veces a lo largo de su vida y que, lejos de apagarlo, lo templó. En 1863 regresó de forma clandestina a suelo dominicano para sumarse a los movimientos insurreccionales de Guayubín y Sabaneta. Las tropas rebeldes, reconociendo en él algo que ni sus propios paisanos habían terminado de ver, lo ascendieron a general.
“El 14 de septiembre de 1863 lo eligieron presidente de la República. Él dijo que no.”
Pocos días después de tomar Santiago al frente de las tropas restauradoras, ocurrió uno de los episodios menos recordados —y más reveladores— de toda su biografía: el 14 de septiembre de 1863 fue elegido para ocupar la presidencia de la República en plena guerra. Luperón rechazó el cargo. Prefirió el fusil y la incertidumbre del monte a la silla presidencial en un país todavía ocupado. Un mes después, el 8 de octubre, aceptó en cambio ser general en jefe de las fuerzas del sur, y en enero de 1864 asumió la jefatura del Ejército Libertador Dominicano. Fue esa guerra de guerrillas, paciente y despiadada con el desgaste del enemigo, la que terminó por doblegar a las fuerzas españolas hasta la evacuación definitiva de julio de 1865.
Restaurada la República, Puerto Plata lo recibió como a un héroe. Pero la paz duró poco: entre facciones procolonialistas y liberales nacionalistas, Luperón —ya al frente del Partido Azul, conocido popularmente como Los Bolos— pasaría buena parte de las siguientes dos décadas entrando y saliendo del país, derrocando gobiernos, siendo derrocado, y resistiendo con obstinación cualquier intento de anexión, primero de España y después, con no menos firmeza, de los Estados Unidos.
Es en esos años de destierro donde aparece la faceta más olvidada del general: la del internacionalista. Junto al puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, Luperón soñó y trabajó por una Confederación Antillana que uniera a Cuba, Puerto Rico, Haití y República Dominicana bajo un mismo ideal de soberanía. Su nombre llegó a sonar en París, donde en 1879 fue nombrado Presidente de Honor de las Sociedades Salvadores del Sena y Salvadores de Francia. El niño que aprendió inglés de su madre y a leer solo en una biblioteca prestada terminó conversando de igual a igual con las causas independentistas de todo el Caribe, incluida la de Cuba, donde su nombre se sigue evocando junto al de Máximo Gómez y José Martí.
“Yo tan sólo no me debo a mi Patria, sino a la Humanidad en general.” — Gregorio Luperón
Llegó a la presidencia dominicana entre el 18 de diciembre de 1879 y el 20 de septiembre de 1880, un gobierno breve que la historiografía recuerda como un paréntesis de orden, institucionalidad y educación laica en medio de una época marcada por más de setenta revueltas y una veintena de cambios de mandatario. Después de esa gestión, se retiró sin ambición de perpetuarse en el poder, algo que en el siglo XIX dominicano no era, ni de lejos, la norma.
Murió el 21 de mayo de 1897, en la misma Puerto Plata donde había nacido cortando madera y donde, décadas antes, se había negado a firmar la rendición de su país. Hoy, cada 8 de septiembre, la República Dominicana recuerda al soldado, al presidente y al diplomático. Pero quizás valga más la pena recordar al otro Luperón: el que se hizo a sí mismo entre libros prestados, el que dijo que no a la presidencia cuando la patria todavía no era libre, y el que entendió, mucho antes que muchos de sus contemporáneos, que la soberanía de un pueblo pequeño se defiende también con la pluma, la palabra y la solidaridad de sus vecinos.


