Una profunda reflexión del Premio Nobel chileno reabre el debate acerca de cómo el pragmatismo de la vida moderna apaga la creatividad, el asombro y la vitalidad del ser humano.
SANTO DOMINGO — En una época donde la productividad y las obligaciones parecen dictar el ritmo de cada jornada, el legado del Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda trasciende la lírica para instalarse de lleno en el análisis psicológico y social. Una de sus citas más célebres vuelve a ponerse sobre la mesa informativa.
“El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él”.
Para el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, la acción de jugar no representaba una simple etapa transitoria o un entretenimiento menor de los primeros años de vida. Por el contrario, el poeta chileno concebía la actitud lúdica como un pilar fundamental de la condición humana, un motor indispensable de curiosidad y un escudo frente a la rigidez y el hastío que suelen acompañar la madurez.
Del asombro a la automatización
Especialistas en conducta humana señalan que, al crecer, el individuo tiende a subordinar la imaginación a la utilidad. Las exigencias del entorno laboral, las facturas y la presión por encajar en los estándares de la adultez sepultan gradualmente esa capacidad espontánea de maravillarse ante lo simple.
En este contexto, el rescate del pensamiento de Neruda en portales internacionales funciona como un llamado de atención. Perder al «niño interior» no es una consecuencia inevitable del envejecimiento cronológico, sino una peligrosa renuncia voluntaria a la frescura emocional. Mantener destellos de ese espíritu lúdico en la adultez no solo alimenta la salud mental, sino que preserva la capacidad de inventiva frente a las crisis cotidianas.
¿De qué manera logras conectar en tu día a día con ese espacio de espontaneidad y juego frente a las exigencias de la rutina?


