Migración, bandas armadas y seguridad estuvieron en el centro del encuentro entre los cancilleres de ambos países, en momentos en que República Dominicana enfrenta las consecuencias de una crisis haitiana que sigue desbordando sus fronteras.
SANTO DOMINGO.– República Dominicana y Haití volvieron a sentarse frente a frente para abordar algunos de los asuntos más delicados de la relación bilateral: migración, seguridad, las bandas armadas que mantienen bajo presión al territorio haitiano y otros temas de interés común.
El encuentro entre los cancilleres de ambos países representa una señal de que, pese a las profundas diferencias y tensiones existentes, mantener abiertos los canales diplomáticos sigue siendo necesario.
Pero el diálogo no puede convertirse en un sustituto de las soluciones.
La crisis haitiana dejó hace tiempo de ser exclusivamente un problema interno de Haití. La expansión de las bandas armadas, el debilitamiento de las instituciones y la incapacidad del Estado haitiano para ejercer control efectivo sobre amplias zonas de su territorio tienen consecuencias directas sobre República Dominicana.
Y uno de los puntos donde esa realidad se hace más evidente es la frontera.
La migración irregular continúa siendo una de las principales preocupaciones para las autoridades dominicanas y un tema que requiere respuestas firmes, pero también ordenadas y apegadas al marco legal.
República Dominicana tiene el derecho y la responsabilidad de controlar sus fronteras, hacer cumplir sus leyes migratorias y proteger su territorio. Al mismo tiempo, cualquier política migratoria debe estar acompañada de mecanismos eficientes que permitan combatir las redes de tráfico de personas, el contrabando y otras formas de delincuencia transnacional.
La conversación entre ambos gobiernos debería avanzar precisamente hacia esos objetivos.
No basta con intercambiar posiciones diplomáticas. Se necesitan acuerdos verificables, mecanismos de cooperación en seguridad, intercambio de información y acciones coordinadas contra las estructuras criminales que amenazan la estabilidad de la región.
También resulta necesario que la comunidad internacional asuma una responsabilidad mucho mayor frente al deterioro institucional y de seguridad que atraviesa Haití.
República Dominicana no puede convertirse indefinidamente en el principal receptor de las consecuencias de una crisis que tiene raíces profundas y cuya solución requiere un compromiso internacional sostenido.
El diálogo es necesario, pero dialogar no significa renunciar a la soberanía ni permitir que los problemas de Haití sean trasladados permanentemente a territorio dominicano.
La verdadera prueba de esta reunión será lo que ocurra después de la fotografía y las declaraciones oficiales.
Porque mientras los cancilleres conversan en las mesas diplomáticas, en la frontera se sigue esperando algo mucho más concreto: seguridad, control, cooperación efectiva y decisiones capaces de responder a una crisis que no admite más improvisaciones.


